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La pintura de Manuel Sandoval

Por Ramiro Pinto Cañón


Durante la visita a la exposición de los cuadros de Manuel Sandoval, en el Palacio de don Gutiérrez, tuve la oportunidad y la suerte de hablar con el autor de tales obras.

La pintura abstracta es una pintura que requiere de un discurso, pues es inherente a ella, debido a que la comunicación abstracta plantea dos mensajes. Su objetivo no es lo que muestra, sino lo que el espectador percibe y también lo que el autor quiere trasmitir. Algo que se suele arrinconar y se inventa. ¿Qué dice el autor? Y ¿qué me di dice a mí, como observador?

Sin una explicación es complejo valorar un estilo, que en el caso de Manuel Sandoval calificaría de composición y figuracionismo abstracto. No valen unas palabras para definir o valorar su obra. Es necesario enseñar a ver el arte, previamente.

Quienes hemos tenido la suerte, otra vez la suerte, de tener un maestro como Javier Marín, Vier en el mundo del arte, que nos ha enseñado a ver el arte abstracto podemos contemplar obras como la de Manuel Sandoval desde su interior, que es lo que manifiesta su pintura, con la finalidad de llevarnos al nuestro y proyectarnos en un juego de colores, de formas sinuosas que dicen mucho, pero hay que hacer de la vista mirada.

En Holanda aprendí que es preciso mirar el cuadro en sus partes, en sus rincones, las pinceladas de cada tramo, para luego ver el conjunto. Vicent van Gogh tuvo la genialidad de pintar e sus cuadros en la mirada, pintó una impresión, cuyo estilo superó desde el mismo impresionismo. Es en esta historia de la evolución de los colores, sus formas del arte de pintar que adquiere significación una obra, sea cual sea. Es necesario también ver el conjunto del cuadro, para adentrarse luego en las partes. Todo cuadro tiene varios puntos de mira. A partir de esta combinación de posiciones la mirada se convierte en un elemento creativo, en relación con al autor, que no sólo sugiere, sino que dice, a veces en un discursos que es el título del cuadro.

Al observar, mirar, la obra de la que hablamos hay una serie de matices que se comunican a través de los colores, basándose en los tonos, los cuales dan diversas impresiones de la realidad que pinta. Es una realidad estratificada, de manera muy definida, que quien ha hecho la presentación de la exposición, Marcelino Cuevas, reconoce muy bien como un juego del subconsciente.

A medida que realiza su obra, a partir de una idea, el autor la va plasmando y se le aparece de paso para sacarla a la vista, tal como él cuenta. Incluso las palabras no llegan a ser suficientemente precisas para explicar esa experiencia creativa. La mayoría de sus cuadros se definen en tres estratos, en los que retratan tres aspectos de una mirada interior, la del subconsciente, el inconsciente y la conciencia que se asoma. Pero no queda diluida en unos trazos, sino que los da formas y un espacio concreto, lo cual es lo que más me ha llamado la atención. Hasta el punto de proyectar en algunos cuadros un mensaje revelador. Por ejemplo El Gato, cuya figura es un impacto que estalla en el resto del cuadro. Y tiene su historia, es el de su hermana, quien le pide que lo pinte. Pero no pinta al gato, sino a una expresión de él, en la que el gato mira a quien lo ve desde afuera y una serie de partes del cuadro van definiendo su pequeña historia. La mirada del gato nos dirige a una parte del cuadro, nos la señala, pero a su vez nos mira, pues son dos planos de una misma figura que sólo desde la abstracción y su figuración es posible realizar.

El Muro, con sus tres niveles, definidos en tonos de un mismo color y con dos texturas diferentes. La figuración del mismo es un mensaje: A partir de una película ve un muro en África, que quiere hacer de manera diferente, dividido en partes o bloques de arena compacta. ¿Pero cómo se lo imagina él? Plasma una frontera sin fin, sin comienzo que ocupa todo el cuadro. Al verlo, y por ese cuadro fui a la exposición dos veces más, trasmite el otro lado y hay algo en la autenticidad del arte que hace que un cuadro no se haga simplemente, sino que se cree. Es cuando el objeto expuesto mira a quien lo mira. Observé durante la segunda vez que lo contemplé que lleva al otro lado del otro lado, y los comunica, al asomarse la luminosidad y lo irregular de lo que vemos. Es una obra manual, no la pintura que hace, sino lo pintado. Vi que es un muro que no se puede romper, que va más allá de la muralla China o que el muro de Berlín u otros. Es un muro interior de dos mundos que se alejan, incluso más de dos. Sólo se puede derretir, pues en el fondo es arena, cuya erosión necesita tiempo y el soplo del arte.

Varios cuadros llevan el título de Atmósfera, que para el autor son otros mundos, pero como alguien dijo, “hay otros mundos, pero están en éste”. También están dentro de cada una de las personas que lo ocupamos. Y más allá del tiempo, hay otras dimensiones que proyectan un futuro de tubos y comunicaciones frías y distantes, metálicas. Pero que buscan una salida en el futuro del futuro, como refleja el cuadro de la entrada, inacabado.

Ese tiempo que todo lo erosiona, también construye todo sobre su puesta en marcha, en el paso de la vida que circula dentro y fuera de la conciencia. Los colores oscuros, los tonos poco iluminados dan una visión pesimista, pero siempre deja un hueco para la luz.

En el cuadro del puerto se ve claramente, como unos barcos quietos, en el mar tranquilo son la imagen de un atardecer, que en otro han quedado sus restos, su ruina, en un tono de arena del desierto, en la que aparecen otra vez las tres partes, lo que se ve, lo que no se ve y lo que se ha de imaginar. El atardecer de una época, el atardecer del tiempo como tal.

A medida que se van viendo los cuadros de la exposición quien los mira se va metiendo dentro de ellos, ¿qué quieren decir? ¿qué transmiten? Y un cuadro al fondo enseña unas formas sinuosos entubadas que son tallos vistos de cerca.El me dice que es un campo de cereales, que después de una gran tormenta queda totalmente desecho y toda la labor que hay detrás, por eso el cielo está como roto, devastado, quebrado.

Los cuadros de Sandoval, como el arte, nos azuza, hace que tambalee nuestra percepción y finalmente nos invita a introducirnos dentro de una cuadro, literalmente, no para formar parte de él, sino para verlo por dentro, como expresión material de lo que debiera hacer nuestra mirada. De la oscuridad, de la blancura que son formas inertes, una luz, la luz negra que se llama, presenta un cuadro interior, del que formamos parte. Se acompaña de una música que hace que la mirada flote y pasee por ese espacio en el que formas y colores cambian, se mueven, al ritmo de nuestro movimiento. Nada es estable y el mismo color, la misma forma puede cambiar y ser diferente de unos espectadores a otros.

Tenemos ante nuestros ojos, al ver los cuadros aludidos, un átomo más del arte, un átomo con sus componentes del interior del autor, que hacia fuera, valga la metáfora, forma una célula, y ésta un órgano, y éste un cuerpo que funciona en una sociedad, y en esta circula el tiempo y nos asoma a la que está por venir: la sociedad del arte. La cual hay que ver como emerge. Y para ello hay que aprender a mirar. La obra de Manuel nos enseña a hacerlo, basta que nos fijemos un poco.